Conozcan al creador de semejante galardón.
El Español Domingo Lamosa Baltasar es como tener enfrente a una especie de Elvis Presley criollo de casi 70 años. El hombre que dice haber inventado, en 1971, la costumbre de comer ñoquis los días 29, y que creó también un trofeo llamado el “ñoqui de oro” para premiar a los famosos del espectáculo, el deporte y la cultura, es un personaje.
Lo primero que vemos al entrar a la cantina Don Carlos, en la esquina de Billinghurst y Valentín Alsina, es a un señor echado solo en un gran sillón gris, con impecable traje a tono, fumando un cigarrillo tras otro y sumido en pensamientos oscuros. Y pensar que ese cerebro insondable fue capaz de asociar, quién sabe porqué y bajo qué circunstancias o estímulos, la idea de éxito con la enroscada figura de un ñoqui.

También hay que considerar -no seamos necios, queridos lectores- que en la jerga popular y pastera el ñoqui remite sin escalas a la idea de un pene pequeño, en contraposición a la magnánima figura del canelón. Es un detalle que sin dudas distrae la atención del verdadero objetivo del premio: el “ñoqui de oro” reconoce el talento, no importa cuál sea, y se entrega todos los 29 de mes a un famoso.
Pero volvamos al personaje que nos convoca. Lamosa, dueño de este clásico restaurante del barrio de Almagro, nos invita a tomar asiento haciendo un gesto y sin decir palabra, como hacen los mafiosos o los cowboys en las viejas películas yankees.
LA VERDAD SOBRE LOS ÑOQUIS DEL 29
Todo el tema del premio a los famosos nació porque hace 37 años una pareja llegó a la cantina un 29 de mes y pidió, justamente, ñoquis. Como no se servía ese plato en el restaurante, Domingo pensó que a partir de entonces el 29 sería el día oficial para comer esa pasta en la cantina. “…Yo soy el inventor de la costumbre de alimentarse con ñoquis los 29”, clama Lamosa, mientras uno de los mozos pasa por detrás suyo guiñando un ojo.
También desde ese momento empezó a entregar un ñoqui de plata a cada una de las mesas que pedían ñoquis los días 29 y uno de oro a un famoso, invitado especialmente a la cantina para recibirlo; el último se lo ganó la conductora pechugona Carla Conte.
Nacido en Galicia hace 68 años, Lamosa llegó a la Argentina con su abuelo en 1953 (“la persona que más quise en mi vida”). A los trece ya trabajaba con su tío en un bar de Retiro y la primera vez que trató de llevar una bandeja se le cayó una botella de vino. El tío le dio una paliza que todavía se acuerda. Luego vendría la Revolución Libertadora y Domingo comenzó a servir atrás del mostrador de la pizzería El Trébol, en Lavalle y Suipacha. Al poco tiempo se le concedió el honor de ser mozo, con sólo quince años.

A los 17, con 20.000 pesos de la época ahorrados, se juntó con ocho personas y en 1958 abrió la confitería Calatrava. Estuvo 14 meses sin cobrar un sueldo y vendió el local tres años después. “…Fui socio en una pizzería de Lima y Brasil y después compramos La Fusa, en Pampa y Figueroa Alcorta, donde ahora está Selquet…”, recuerda. “…En 1966 compré El Cuartito, sobre Talcahuano, pero esa es otra historia que no terminó bien…”, explica, y vuelve a cerrar los ojos.
En 1970, Lamosa se fue a España y en 1971, a los 31 años, regresó para comprar la cantina a un tano llamado Carlos. Desde ese restaurante levantó su imperio del ñoqui y ganó popularidad, en gran parte gracias a la ayuda de Tinelli, que debe ver en él a un anciano pintoresco y con la fidelidad incondicional que tienen algunos gallegos.
Comentarios recientes